Páginas

1.2.13

FORMAS BREVES






Por Roberto Retamoso




Formas breves es el título de un libro de Ricardo Piglia. Lo advertimos para que no se piense que lo estamos plagiando, ni tampoco que se crea que lo usamos por desconocimiento de esa obra. Por el contrario, su utilización deliberada obedece a una manera de entender la escritura, a la que concebimos como un vasto espacio compuesto de citas, alusiones, paráfrasis e incluso -en un sentido más bien fónico y sonoro, acorde con la sustancia de la poesía- de ecos y reverberaciones de voces que resuenan en nuestra propia voz.
Si la escritura, entonces, es ese juego donde los textos y las palabras replican la serie infinita del lenguaje que los alberga y engendra, la apropiación de un nombre no al modo de un hurto sino de una cita representa el reconocimiento de que ciertas palabras ya dichas son las mejores para nombrar lo que aquí debemos nombrar. Y lo que aquí debemos nombrar es el contenido de este nuevo poemario de Silvina Guala, Trazos, cuyo rasgo distintivo, cuya manera de advenir como poesía, consiste precisamente en presentarse como un conjunto armónico y fluyente de numerosas formas breves.
Esa presentación, lógicamente, implica una elección tanto como una apuesta en el plano de la poética. Optar por la brevedad, por la forma concisa y marcadamente limitada, supone jugarse por (en) la posibilidad de hacer poesía a partir de la síntesis que impone toda escritura sucinta: decirlo todo con la menor cantidad posible de términos.
Semejante apuesta no es imposible pero es riesgosa, y por ello se mantiene siempre frente a la inminencia del fracaso. Siempre se puede fracasar cuando se intenta contener al mundo, a la vida, a las pasiones, a la memoria o a la melancolía en la brevedad de unas pocas palabras, y en la estructura formal de unos pocos versos.
Felizmente, no es ése el caso de Trazos, un poemario donde Silvina Guala logra sortear con maestría los riesgos que conlleva esa clase de elecciones poéticas. Sus poemas, breves y contundentes como los haikús aunque no lo sean en un sentido concreto y preciso (ya que su métrica es otra y su extensión notoriamente mayor), logran exponer ciertos sentidos de modo tan intenso, que terminan mostrándose como auténticos fulgores ante el ojo que, al leerlos, inevitablemente los mira. Ese fulgurar del poema supone, por lo tanto, no sólo la manifestación de un texto por leer sino además, y de manera ostensible, el acontecimiento de un acto. En él, los poemas más que ofrecerse se ofrendan, como una entrega amorosa dirigida a sus lectores.
Trazos que son, de tal modo, auténticos dones, los poemas de Silvina Guala intentan ceñir, en su brevedad, lo inaprehensible del universo. Y no se trata de un emprendimiento utópico o de la actualización de una paradoja, dado que en ellos ese propósito se consuma. No por recorte o contigüidad, como si se tratase de un despliegue de sucesivas metonimias, sino por la capacidad de decirlo todo en la austera enunciación de esas formas pequeñas.
Organizado a partir de una serie de secciones, la primera de las cuales es la más extensa y la que le brinda su nombre al libro, Trazos es asimismo la inscripción poética de una palabra y una mirada que cantan al mundo, al amor y a la vida. Ese canto se ordena temáticamente, podría decirse, desde los títulos que designan cada una de sus partes: trazos, circenses, con permiso…, ribereños y en portugués. No hay una razón necesaria que rija esa serie: su acaecer obedece a lo indeterminado de lo meramente aleatorio. Los trazos de Silvina Guala hablan de esos temas como podrían hablar de tantos otros, porque lo que se dice en poesía siempre es algo así como la materia en estado bruto a partir de la cual se construye el poema. Lo que cuenta, en este caso como en cualquier otro, es cómo se lo dice, porque en ese cómo se dirime la obtención de la forma que instituye la poesía. Que será asimismo aleatoria, ya que su ejecución -aquí bajo la modalidad de la forma breve- se debe más a la magia de una escritura pulsional que a las prescripciones racionales de cualquier canon estético, ético o político, o a los mandatos metalingüísticos con que una cultura o una sociedad querrían aventar los peligros que conlleva toda palabra insurrecta.
Alzados ante esas prescripciones y esos mandatos, los poemas breves de Silvina Guala nos vienen a recordar que la única palabra irreductible para las convenciones y las normas es, justamente, la palabra poética.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario