Por
Roberto Retamoso
Formas
breves es el título de un libro de Ricardo Piglia. Lo advertimos
para que no se piense que lo estamos plagiando, ni tampoco que se
crea que lo usamos por desconocimiento de esa obra. Por el contrario,
su utilización deliberada obedece a una manera de entender la
escritura, a la que concebimos como un vasto espacio compuesto de
citas, alusiones, paráfrasis e incluso -en un sentido más bien
fónico y sonoro, acorde con la sustancia de la poesía- de ecos y
reverberaciones de voces que resuenan en nuestra propia voz.
Si
la escritura, entonces, es ese juego donde los textos y las palabras
replican la serie infinita del lenguaje que los alberga y engendra,
la apropiación de un nombre no al modo de un hurto sino de una cita
representa el reconocimiento de que ciertas palabras ya dichas son
las mejores para nombrar lo que aquí debemos nombrar. Y lo que aquí
debemos nombrar es el contenido de este nuevo poemario de Silvina
Guala, Trazos, cuyo rasgo distintivo, cuya manera de advenir
como poesía, consiste precisamente en presentarse como un conjunto
armónico y fluyente de numerosas formas breves.
Esa
presentación, lógicamente, implica una elección tanto como una
apuesta en el plano de la poética. Optar por la brevedad, por la
forma concisa y marcadamente limitada, supone jugarse por (en) la
posibilidad de hacer poesía a partir de la síntesis que impone toda
escritura sucinta: decirlo todo con la menor cantidad posible de
términos.
Semejante
apuesta no es imposible pero es riesgosa, y por ello se mantiene
siempre frente a la inminencia del fracaso. Siempre se puede fracasar
cuando se intenta contener al mundo, a la vida, a las pasiones, a la
memoria o a la melancolía en la brevedad de unas pocas palabras, y
en la estructura formal de unos pocos versos.
Felizmente,
no es ése el caso de Trazos, un poemario donde Silvina Guala
logra sortear con maestría los riesgos que conlleva esa clase de
elecciones poéticas. Sus poemas, breves y contundentes como los
haikús aunque no lo sean en un sentido concreto y preciso (ya que su
métrica es otra y su extensión notoriamente mayor), logran exponer
ciertos sentidos de modo tan intenso, que terminan mostrándose como
auténticos fulgores ante el ojo que, al leerlos, inevitablemente los
mira. Ese fulgurar del poema supone, por lo tanto, no sólo la
manifestación de un texto por leer sino además, y de manera
ostensible, el acontecimiento de un acto. En él, los poemas más que
ofrecerse se ofrendan, como una entrega amorosa dirigida a sus
lectores.
Trazos
que son, de tal modo, auténticos dones, los poemas de Silvina Guala
intentan ceñir, en su brevedad, lo inaprehensible del universo. Y no
se trata de un emprendimiento utópico o de la actualización de una
paradoja, dado que en ellos ese propósito se consuma. No por recorte
o contigüidad, como si se tratase de un despliegue de sucesivas
metonimias, sino por la capacidad de decirlo todo en la
austera enunciación de esas formas pequeñas.
Organizado
a partir de una serie de secciones, la primera de las cuales es la
más extensa y la que le brinda su nombre al libro, Trazos es
asimismo la inscripción poética de una palabra y una mirada que
cantan al mundo, al amor y a la vida. Ese canto se ordena
temáticamente, podría decirse, desde los títulos que designan cada
una de sus partes: trazos, circenses, con permiso…,
ribereños y en portugués. No hay una razón necesaria
que rija esa serie: su acaecer obedece a lo indeterminado de lo
meramente aleatorio. Los trazos de Silvina Guala hablan de esos temas
como podrían hablar de tantos otros, porque lo que se dice en
poesía siempre es algo así como la materia en estado bruto a partir
de la cual se construye el poema. Lo que cuenta, en este caso como en
cualquier otro, es cómo se lo dice, porque en ese cómo se
dirime la obtención de la forma que instituye la poesía. Que será
asimismo aleatoria, ya que su ejecución -aquí bajo la modalidad de
la forma breve- se debe más a la magia de una escritura pulsional
que a las prescripciones racionales de cualquier canon estético,
ético o político, o a los mandatos metalingüísticos con que una
cultura o una sociedad querrían aventar los peligros que conlleva
toda palabra insurrecta.
Alzados
ante esas prescripciones y esos mandatos, los poemas breves de
Silvina Guala nos vienen a recordar que la única palabra
irreductible para las convenciones y las normas es, justamente, la
palabra poética.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario