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27.8.10

Raúl González Tuñón




DE PRONTO ENTRÓ LA LIBERTAD


Estábamos todos dormidos,

algunos bajo los árboles,

otros sobre los ríos,

algunos más entre el cemento,

otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad

con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,

algunos con picos y palas,

otros con una pantalla verde,

algunos más entre libros,

otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad

con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,

estábamos todos despiertos

y andaban el amor y el odio

más allá de las calaveras.

De pronto entró la Libertad,

no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.

¡Ay! Entonces…







EL POETA MURIÓ AL AMANECER

Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,


murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.

Velaron el cadáver del dulce vagabundo

dos musas: la esperanza y la miseria.

Fue un poeta completo de su vida y su obra,

escribió versos casi celestes, casi mágicos,

de invención verdadera

y como hombre de su tiempo que era

también ardientes cantos y poemas civiles

de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.

Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.

Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,

los parroquianos del Café,

los artistas del circo ambulante,

unos cuantos obreros,

un antiguo editor,

una hermosa mujer

y mañana, mañana,

florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,

un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,

un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,

versos de un ser querido que se fue antes que él,

muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta

y una antigua fragata dentro de una botella.

Los que le vieron dicen que murió como un niño.

Para él fue la muerte como el último asombro:

tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,

y un pájaro en el hombro.








EL CEMENTERIO PATAGÓNICO


A veces el viento patagónico es un cazador barbudo y alto.

Viene como la música, trae los ruidos del desierto y la montaña.

Marcha de puesto en puesto entre balleneros, entre quillangos.

Marca de pueblo en pueblo entre gin, entre pescadores, entre fulleros.

Marcha de campamento en campamento

Entre canallas enriquecidos con la sangre de los desgraciados.

Marcha de puerto en puerto entre rufianes, entre palomas heladas y garúas,

entre asesinatos, entre monedas chilenas y argentinas.

Oh, trashumante.

Las prostitutas de los climas sureros lo siguen, alucinadas.

Todas las prostitutas -en su mayoría pelirrojas- lo siguen.

Él, el viento cazador, continúa su marcha

Y v a perderse hacia quién sabe qué archipiélago,

Hacia quién sabe qué cinematógrafo,

Hacia quién sabe qué enloquecida alcantarilla.



A veces, nuevo avatar, el viento patagónico es una sirena del aire.

En los hangares de las madrugadas atrae a los aviadores.

Los pequeños mecánicos comprueban con júbilo

La velocidad del viento a ras de tierra

y cuando arriba el altímetro señala una capa favorable de aire

La sirena los lleva en su canto,

la terrible sirena los lleva con sus canto de brumas, y lloviznas y nieve,

y ellos van a estrellarse

sobre enormes malolientes colonias de elefantes y lobos marinos,

sobre plantas de petróleo, sobre columnas de asustados guanacos,

sobre los rojos galpones de las curtidas villas del Sur.



Cazador o sirena el viento manda en la Patagonia.

Cazador o sirena se detiene en el corazón de la Patagonia.

Él, cazador o sirena,

camarada de los auténticos trabajadores de la Patagonia, se detiene

y va a rendir a la ceniza de los obreros asesinados por el Gobierno,

un homenaje de silencio cargado de tormenta. Oh trashumante.



En Santa Cruz, entre el mar y los montes

yo he visto el pequeño cementerio de los huelguistas fusilados.

Unos mal enterrados, en la fosa abierta por ellos,

asoman la punta del zapato con tierra y lagartijas.

Otros, enterrados vivos quizá.

una mano de hueso implorante picoteada por los cuervos.

Y no es extraño ver a lo largo del camino

restos de otros,

curioso contenido de la intemmperie.

Las caravanas de los desposeídos de la tierra, las largas filas de linyeras forzados,

la multitud de todos los países que se dirige al sur de la tierra

en busca del pan y de la muerte,

la multitud de todos los países que se dirige al sur de la tierra

en busca de la nostalgia y el olvido,

se detiene ahí, donde, oasis del viento patagónico, la tierra estéril lanza sus perros amarillos.

Allí, donde la aullante tierra reseca desafía las nubes,

viajeras de tres cielos.

Allí, donde las brújulas de los barcos perdidos, ya fantasmas,

señalan contra las costas, al fin, el rumbo de una próxima venganza.



Y es inútil, tuertos, sin pierna, todos los marineros han partido.

Todos los petroleros ha partido

y las calderas pueden estallar a la salida del gran golfo.

Todas las prostitutas han partido detrás del viento cazador.

Todos los aviadores de línea han despegado

y van detrás de la sirena viento.

Los peones del campo, las hormigas del cuero, el frigorífico y la lana han partido.

Y los recaudadores de Tierras y Colonias han partido.

Y ellos quedaron solos ente el mar y los montes

y ellos quedaron solos sin nombres y sin cruces

y ellos quedaron solos con las blusas agujereadas

y con lo agujeros de la carne sin carne.

Únicamente el viento cazador o sirena, adormece dulcemente su muerte.

Adormece delicadamente su putrefacta muerte, esa útil muerte.

Ese violento arroyo de ceniza

Que subterráneamente ha de desembocar en la revuelta

Y en cuyas aguas, grises y calientes, mi voz templa un acero

conocido.




A LIBERTARIA
A la memoria de Aída Lafuente, muerta en la cuenca minera de Asturias, Madrid.




Estaba toda manchada de sangre,

estaba toda matando a los guardias,

estaba toda manchada de barro,

estaba toda manchada de cielo,

Estaba toda manchada de España.



Ven, catalán jornalero, a su entierro,

ven, campesino andaluz, a su entierro,

ven a su entierro, yuntero extremeño,

ven a su entierro, pescador gallego,

ven, leñador vizcaíno, a su entierro,

ven, labrador castellano a su entierro,

no dejéis solo al minero asturiano.



Ven, porque estaba manchada de España,

ven, porque era la novia de Octubre,

ven, porque era la rosa de Octubre,

ven, porque era la novia de España.



No dejéis sola su tumba del campo

donde se mezclan el carbón y la sangre,

florezca siempre la flor de su sangre

sobre su cuerpo vestido de rojo,

no dejéis sola su tumba del aire.



Cuando desfilan los guardias de asalto,

cuando el obispo revista las tropas,

cuando el verdugo tortura al minero,



Ella, agitando su túnica roja,

quiere salir de la tumba del viento,

quiere salir y llamaros hermanos

y renovaros valor y esperanza

y recordaros la fecha de Octubre

cuando caían las frutas de acero

y estaba toda manchada de España

y estaba toda la novia de Octubre

y estaba toda la rosa de Octubre

y estaba toda la madre de España.












ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (1926)




I



A pesar de la sala sucia y oscura

de gentes y de lámparas luminosa

si quiere ver la vida color de rosa

eche veinte centavos en la ranura.

Y no ponga los ojos en esa hermosa

que frunce de promesas la boca impura.

Eche veinte centavos en la ranura

si quiere ver la vida color de rosa.

El dolor mata, amigo, la vida es dura,

eche veinte centavos en la ranura

si quiere ver la vida color de rosa.



II



Lamparillas de la Kermesse,



títeres y titiriteros,

volver a ser niño otra vez

y andar entre los marineros

de Liverpool o de Suez.



III



Teatrillos de utilería.

Detrás de esos turbios cristales

hay una sala sombría.

Paraísos artificiales.



IV



Cien lucecitas. Maravilla

de reflejos funambulescos.

¡Aquí hay mujer y manzanilla!

Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.

Pero sobre todo mujeres

para hombres de los puertos

que prenden como alfileres

sus ojos en los ojos muertos.



No debe tener esqueleto

el enano de Sarrasani,

que bien parece un amuleto

de la joyería Escasany.

Salta la cuerda, sáltala,

ojos de rata, cara de clown

y el trala-trala-trálala

ritma en tu viejo corazón.



Estampas, luces, musiquillas,

misterios de los reservados

donde entrarán a hurtadillas

los marinos alucinados.

Y fiesta, fiesta casi idiota

y tragicómica y grotesca.

Pero otra esperanza remota

De vida miliunanochesca…



V



¡Qué lindo es ir a ver

la mujer

la mujer más gorda del mundo!

Entrar con un miedo profundo

pensando en la giganta de Baudelaire…

Nos engañaremos, no hay duda,

si desnuda nunca muy desnuda,

si barbuda nunca muy barbuda

será la mujer.

Pero ese momento de miedo profundo…



¡Qué lindo es ir a ver

la mujer

la mujer más gorda del mundo!



VI



Y no se inmute, amigo, la vida es dura,

con la filosofía poco se goza.

Eche veinte centavos en la ranura

si quiere ver la vida color de rosa.
 
 
 




Al recordar al personaje cuyo nombre le sirvió de título de su novela Los poemas de Juancito Caminador, el poeta argentino Raúl González Tuñón contaba:



“Era un negro enternecedor que trabajaba en un circo. Todos los circos son pobres pero éste era más pobre que los pobres. Había concebido e interpretaba un número de magia: colocaba sobre una mesa una calavera con una hoja de lechuga sobre su mandíbula. Por detrás, e invisible para el público, un conejo comía la hoja dando así la impresión de que era la calavera quien lo hacía. Se quedó sin trabajo el día en que murió el conejo. No sé si a nadie se le ocurrió comprar otro o si no tuvieron dinero”.

 
 
JUANCITO CAMINADOR




murió en un lejano puerto-

El prestidigitador

poca cosa deja al muerto.



Terminada su función

-canción, paloma y baraja-

todo cabe en una caja,

todo, menos la canción.



Ponle luto a la pianola,

al conejito, a la estrella,

al barquito, a la botella,

al botellón, a la bola.



Música de barracón

-canción, baraja y paloma-

flor de campo sin aroma

Todo, menos la canción.



Ponle luto a la veleta,

al gallo, al reloj de cuco,

al fonógrafo, al trabuco,

al vaso y a la carpeta.



Su prestidigitación

-canción, paloma y baraja-

el tiempo humilla y ultraja,

Todo, menos la canción.



Mucha muerte a poca vida,

que lo entierre de una vez

la reina del ajedrez

y un poeta lo despida.



Truco mágico, ilusión,

-canción, baraja y paloma-

que todo en broma se toma,

todo, menos la canción.




 
 
LA PEQUEÑA BRIGADA




Guerra del Chaco



La pequeña brigada avanza.

¿Hemos oído la guerra, hermanos?

¿Hemos visto la guerra, hermanos?

La pequeña brigada, avanza.

La cabeza quedó colgada

como una fruta en el alambre.

Somos la pequeña brigada.

Somos el sueño, la sed, el hambre.

Por el ruido de los obuses

los oídos reventarán

y nos romperán y nos sepultarán

en áridas tierras sin cruces.

Como en la noche de San Juan

se abren brazos de luz que arroja

sombreros de fuego y de hierro.

Tenemos un hambre de perro.

Nos enloquece la fiebre roja.

Del otro lado, en la trinchera

enemiga, también están

la sed, el hambre, el sueño. Espera

tu sucio pedazo de pan.

Doctores de la guerra, villanos,

la granada está por caer

y tenemos tintas las manos

en sangre del amanecer.

Vuestros hijos, también villanos,

jamás os podrán suceder.

Seremos hermanos, hermanos,

algún día tendrá que ser.

¿Nosotros hemos visto la guerra?

Avanza la pequeña brigada.

¿Nosotros hemos oído la guerra? En la maraña de la picada.



Como cadáveres afilados,

lívidos, de dos en dos,

vamos caminando sin Dios

con los cráneos agujereados.

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